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En esta tierra,
la misma donde sepultan a perros y santos,
planto mis ilusiones.
Si brotan, bien:
será porque la tierra me quiso tantico
o porque a nadien se le dio por arrancarlas.
Si no,
que se queden hundidas con las piedras,
con las cáscaras de plátano,
los machetes oxidados,
y las oraciones dejadas a medias.
Allí sabrán qué hacer,
porque nada se pierde del todo:
lo que no florece
se vuelve raíz o alimento,
y hasta hundido
sigue empujando en silencio
a su manera de crecer.
Algún día,
de esa paciencia enterrada,
nacerá un árbol torcido,
un guayabo flaco (imagino yo),
que me cubra del sol bravo.
Y ojalá morirme ahí debajo.
¿Dónde más, sino a la sombra
de mis viejas ilusiones?
Julián VargasAgrio Agravio
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